Al final perdí y gané
Lo que quise, lo que pude
Fui de las estrellas confidente
Navegué en azul y melodía
Jugué en diamantino coliseo
Hasta saciar mi sed de luna y pentagrama
Y si fallé, perdonen si fallé
Olviden los golpes de metal
La baraja impredecible
Al final, ¿gané o perdí?
¿Quise lo que quise?
¿Pude lo que pude?
Cabalgué yeguas y unicornios
Oficié misas en oscuras catedrales
Vi cosas buenas e indebidas
Ofrecí regalos, los negué
Y si lo hice mal, perdonen si lo hice
Olviden al centauro en bacanal
Bestia innominada
Al final gané lo que quise
Es decir, lo que pude
La luz galopante del Cosmos
El retorno omnisciente de la Música
Las flores, los besos, los aplausos
El amor de la musa, la lira del ángel
La lógica del lógico, la del psicótico
Y si no bastó, perdonen si no alcancé
A ganar lo que querían ustedes
Al final no me perdí
Pese a lo largo y escabroso del camino
Pese a viajar sin brújula y sin linterna
Al final no hallé
La victoria o la derrota
Sino la misma Libertad.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
jueves, 29 de mayo de 2008
35
COLOMBIA LIBRE
I
Bravura en las campiñas:
Abre caminos con su espada
Uno que es antorcha,
Fuego, indómito corcel:
Galán el hombre, el grito
Que despertará a la patria
Eco de fray Bartolomé
Sonrisa de Martín de Porres
Surgen rebeldes como flores,
Es el gesto de los oprimidos.
II
Cruenta escena, la respuesta:
La madrastra devora a sus hijos
Cientos, miles los mártires
Pero el viento anuncia tempestad
III
Nariño, el iluminado
Abre la ventana de los sueños:
¡Libertad!, se oye en la tribuna
En el valle, en el llano, en el desierto...
¡Libertad!, clama el prócer
Animando a sus hermanos
IV
Villavicencio, quién creyera
Aristócrata, pero ilustrado
Trata de hacer las cosas bien,
Y las cosas bien resultan
Los hermanos Morales aprovechan
La soberbia de los chapetones
¡Independencia!
Golpean las olas, ruge el mar bravío
Torbellino, pasión de multitudes
V
Desde lo alto
El sagaz astrónomo calcula movimientos:
Ha esperado el instante supremo
Del triunfo de la Razón sobre los grilletes
Ahora, ante la revuelta
Se concreta la esperanza
Sus amigos también celebran:
He ahí el Cónclave
Que ha batallado con la pluma,
Que ha avivado la llama libertaria
Abajo
Carbonell desafía y gana
Redención para los olvidados,
Los ultrajados, los descuidados de la Corona
VI
Torres, el humanista
Lleva la bandera de los liberados
Aplauden los educados
Brilla en los reacios la malicia
Patria joven, inexperta
¿A dónde vas, a dónde?
¿Hermanos, qué hacen?
VII
¿Central o federal?
Siempre inestable gobierno
Patria boba, sin duda
Patria de rencillas, patria de muertos
VIII
Cae un tirano y lo remplazan pronto
Sediento de sangre el nuevo “soberano”
Ordena ultrajar a mi Colombia
(Que en ese entonces llevaba otro nombre,
Pero ya cargaba el luto en su memoria)
IX
De la disputa fratricida
Hacen festín los cuervos
Cae un héroe tras otro
Cárcel, cadalso, oprobio
Mutílanse las aspiraciones
De una nación que sueña
X
¡Oh, Camilo, buen Camilo!
¿Quién disparó la infame bala?
¡Francisco, sabio Francisco!
¿Acaso merecías la partida?
¡Antonio encadenado y torturado!
El infame va cortando
Las mejores flores del jardín
XI
Algunos resisten, como la Ciudad Bella
Hasta la inanición y la propia podredumbre:
Allí, los niños famélicos, valientes
Fueron atravesados por feroces bayonetas
El asesino busca justificaciones
Y la víctima sólo buscaba hacer justicia
XII
Prosigue la tragedia:
Tribunales, vejaciones
Eruditos, estadistas: “Enemigos”
Roja y amarilla esa bandera:
Roja por la sangre de los perseguidos
Oro por el oro de los saqueados
XIII
Pero el caraqueño ilustre
Habrá de cumplir su juramento
El exilio le ha enseñado de la vida
Como lo hizo Bello en su infancia
El retorno es su esperanza
Inicia el tropel, la Venganza
Llama a los hijos de Colón
XIV
El ejército hambriento de Gloria
Cubre su desnudez de laureles
Huye el tirano, huye su inmunda Corte
De la tierra de los buenos, los soñadores
Bolívar, el pequeño
Enorme, único:
Su vida una proeza
Su mente un gran proyecto
Pero la batalla contra el Tiempo no se gana
XV
Traidores, cobardes, inhumanos
Destierran al Libertador, y la afrenta
Culmina con el disparo alevoso
Al fiel, honesto Sucre
Postrado y pobre
En casa de un español -¡oh, ironía!
Espera la muerte el gran americano
XVI
El silencio final de los libertadores
Es un sordo y sórdido lamento
La patria, el continente
Navegan por aguas inciertas
XVII
Se suceden gobiernos, rencillas
Partidos, pactos, hipocresía
En ocasiones guerra abierta
En otras oculta querella
Saluda un nuevo siglo, dirigida por poetas
La bella Colombia, pujante, optimista
XVIII
Viene la segunda esclavitud,
La de los no industrializados
Pobre, anónima patria
Débil, frágil, invadida
Se pierde Panamá, y el lamento
No se compra, no se alivia
XIX
El mundo se desangra
Y sí, Colombia pierde:
La guerra sólo deja derrotados
¿Bonanza cafetera? Ilusión de un día
Pobre, patria analfabeta
De niños trabajadores, de latifundistas
De inequidad, de sumisión
XX
La matanza
Retornan lágrima y duelo
Los hombres no son hombres
Los Partidos reparten fusiles
Palabras, brazos: armas
¡Oh, mi patria desangrada!
¿Conservador o liberal?
El cadáver es recordatorio
De nuestra propia miseria
XXI
Nueva esclavitud:
Elecciones arregladas
Funcionarios nombrados a dedo
Colombia en subdesarrollo
Atenta, esperando
Mientras el mundo avanza
Continúa la pobreza, la injusticia
Palabras, vanas palabras
Estadistas de sonrisa hipócrita
Asnos, jumentos, borricos
Ladrones en el solio de Bolívar
XXII
Todo es fiesta y chanza
Llegan los ochenta, y el país
No sale del Medioevo
Pero, eso sí, “pan y circo” en abundancia
El “turco”, el de las solemnes metidas de pata
Escuda su estupidez en el corbatín, los gruesos lentes, el acento de seminarista
Mueren los niños argentinos mientras Galtieri se emborracha
Se estanca Chile y el demonio sigue gobernando
Uruguay, endeudado hasta la coronilla
Paraguay, una herida siempre abierta
Bolivia y sus contrastes
Brasil apostando a lo que salga
Perú asomándose al colapso
Ecuador, un mar de dudas
Venezuela, corrupción en la bonanza
Llega el hijo de obrero, el de boca de oro
Y ahora llueven, llueven palabras, vanas palabras
El pueblo se ilusiona, ¿y qué?
¿Qué es lo que se obtiene?
Recuerdo al presidente encanecido
Junto al féretro del Ministro de Justicia
Recuerdo los muertos, las bombas
Los tanques irrumpiendo
Las viudas, las palomas pintadas en las calles
Y el ciego optimismo de los gobernantes
Recuerdo a muchos llorando a solas
Por la violencia, por el trabajo, por el alza de los precios
XXIII
Sale el orador, desilusionado
Llega el hombre hermético, el ingeniero
Prosiguen las muertes, los atentados
Aumentan los que no tienen tierra, los oprimidos
Ciudad, selva: todo es inseguro
La guerra empieza a ser eterna
Y veo a los adultos afeitarse las patillas
Cambiarse pantalones, usar ropa de tenista
Mientras Reagan fracasa en su lucha contra las drogas
Pero triunfa sobre Rusia (cortesía del Vaticano...)
El fútbol y las reinas, opio para el pueblo
A uno lo acribillan en el aeropuerto
A otro dentro del avión
Uno cae en circunstancias sospechosas
Otro es derribado en la tarima, a la vista de todos
Colombia, ¿qué pasa?
XXIV
Se retiran la sueca y el estadounidense
Llega el de la promesa, “habrá Futuro”
Ya estoy bien enterado de las cosas:
Sé por qué matan iraquíes, por qué huyen los ex presidentes
Sé cuál es el vicio de Madonna, y el de Maradona
Sé quién mató a Galán, y quién amenaza a mi padre
Sé cómo hace un sicario su trabajo, y cómo una “mula”
Pero no veo Futuro
Es más: sólo veo caos
Muertes evitables
Desfalcos, intimidaciones
Burócratas por doquier, pero escasos Servidores Públicos
XXV
Sube otro presidente, respaldado por la mafia
Sujeto simpático: nunca vi tanta payasada
La patria es tierra de nadie
Narcotráfico y gobierno, o ausencia de gobierno
Las finanzas peor que nunca
El único bueno era Jaime Garzón, que imitaba al presidente
(Pero hay quienes no entienden el humor: murió baleado)
XXVI
Nuevos tiempos, nueva esclavitud
Un hippie al poder: conciertos de rock, concierto para delinquir
Un país sin timonel, un país hacia la ruina
Uno daba gracias a Dios si no tenía un pariente muerto o secuestrado
Bill sonreía y tocaba a Mónica, pero luego viajaba a Palestina a mejorar su imagen
El Papa encorvado y farfullando apretaba las manos viejas, temblorosas de Fidel
Una farsa es farsa, no la llamen “proceso”
XXVII
Luego viene el adusto y sincero presidente, que no tiene pelos en la lengua
Y con orgullo comenta a los cuatro vientos su estrategia:
Ya no hay desaparecidos, hay asesinados
Ya no hay brutalidad policial, hay “seguridad democrática”
Ya no hay privatizaciones, sino reformas
Ya no hay favoritismos, sino “meritocracia” (cosa curiosa: el mérito está en aplaudirlo)
Ya no hay violencia, hay “política de Estado”
Y detrás de la máscara, el monstruo
El fascismo con fachada populista
¡Oh, Colombia! ¡Oh, Colombia regia, valiente, enlutada!
¡Colombia libre, pese a sus esclavitudes!
¡Colombia luchadora, Colombia brava!
Me levanto y sé que puedo morir esta mañana
Que mi hermano puede ser herido, que mi hermana puede ser raptada
Y me digo: "Sí se puede", como repetía Belisario
Y pienso en el trabajo, en el clima
El suave pop me tranquiliza
La jornada promete ser poética
Y sé que puedo triunfar esta mañana
Que mi hermano puede ser premiado, que mi hermana puede ser amada
Y pienso en Colombia,
Colombia libre,
Colombia liberada.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
I
Bravura en las campiñas:
Abre caminos con su espada
Uno que es antorcha,
Fuego, indómito corcel:
Galán el hombre, el grito
Que despertará a la patria
Eco de fray Bartolomé
Sonrisa de Martín de Porres
Surgen rebeldes como flores,
Es el gesto de los oprimidos.
II
Cruenta escena, la respuesta:
La madrastra devora a sus hijos
Cientos, miles los mártires
Pero el viento anuncia tempestad
III
Nariño, el iluminado
Abre la ventana de los sueños:
¡Libertad!, se oye en la tribuna
En el valle, en el llano, en el desierto...
¡Libertad!, clama el prócer
Animando a sus hermanos
IV
Villavicencio, quién creyera
Aristócrata, pero ilustrado
Trata de hacer las cosas bien,
Y las cosas bien resultan
Los hermanos Morales aprovechan
La soberbia de los chapetones
¡Independencia!
Golpean las olas, ruge el mar bravío
Torbellino, pasión de multitudes
V
Desde lo alto
El sagaz astrónomo calcula movimientos:
Ha esperado el instante supremo
Del triunfo de la Razón sobre los grilletes
Ahora, ante la revuelta
Se concreta la esperanza
Sus amigos también celebran:
He ahí el Cónclave
Que ha batallado con la pluma,
Que ha avivado la llama libertaria
Abajo
Carbonell desafía y gana
Redención para los olvidados,
Los ultrajados, los descuidados de la Corona
VI
Torres, el humanista
Lleva la bandera de los liberados
Aplauden los educados
Brilla en los reacios la malicia
Patria joven, inexperta
¿A dónde vas, a dónde?
¿Hermanos, qué hacen?
VII
¿Central o federal?
Siempre inestable gobierno
Patria boba, sin duda
Patria de rencillas, patria de muertos
VIII
Cae un tirano y lo remplazan pronto
Sediento de sangre el nuevo “soberano”
Ordena ultrajar a mi Colombia
(Que en ese entonces llevaba otro nombre,
Pero ya cargaba el luto en su memoria)
IX
De la disputa fratricida
Hacen festín los cuervos
Cae un héroe tras otro
Cárcel, cadalso, oprobio
Mutílanse las aspiraciones
De una nación que sueña
X
¡Oh, Camilo, buen Camilo!
¿Quién disparó la infame bala?
¡Francisco, sabio Francisco!
¿Acaso merecías la partida?
¡Antonio encadenado y torturado!
El infame va cortando
Las mejores flores del jardín
XI
Algunos resisten, como la Ciudad Bella
Hasta la inanición y la propia podredumbre:
Allí, los niños famélicos, valientes
Fueron atravesados por feroces bayonetas
El asesino busca justificaciones
Y la víctima sólo buscaba hacer justicia
XII
Prosigue la tragedia:
Tribunales, vejaciones
Eruditos, estadistas: “Enemigos”
Roja y amarilla esa bandera:
Roja por la sangre de los perseguidos
Oro por el oro de los saqueados
XIII
Pero el caraqueño ilustre
Habrá de cumplir su juramento
El exilio le ha enseñado de la vida
Como lo hizo Bello en su infancia
El retorno es su esperanza
Inicia el tropel, la Venganza
Llama a los hijos de Colón
XIV
El ejército hambriento de Gloria
Cubre su desnudez de laureles
Huye el tirano, huye su inmunda Corte
De la tierra de los buenos, los soñadores
Bolívar, el pequeño
Enorme, único:
Su vida una proeza
Su mente un gran proyecto
Pero la batalla contra el Tiempo no se gana
XV
Traidores, cobardes, inhumanos
Destierran al Libertador, y la afrenta
Culmina con el disparo alevoso
Al fiel, honesto Sucre
Postrado y pobre
En casa de un español -¡oh, ironía!
Espera la muerte el gran americano
XVI
El silencio final de los libertadores
Es un sordo y sórdido lamento
La patria, el continente
Navegan por aguas inciertas
XVII
Se suceden gobiernos, rencillas
Partidos, pactos, hipocresía
En ocasiones guerra abierta
En otras oculta querella
Saluda un nuevo siglo, dirigida por poetas
La bella Colombia, pujante, optimista
XVIII
Viene la segunda esclavitud,
La de los no industrializados
Pobre, anónima patria
Débil, frágil, invadida
Se pierde Panamá, y el lamento
No se compra, no se alivia
XIX
El mundo se desangra
Y sí, Colombia pierde:
La guerra sólo deja derrotados
¿Bonanza cafetera? Ilusión de un día
Pobre, patria analfabeta
De niños trabajadores, de latifundistas
De inequidad, de sumisión
XX
La matanza
Retornan lágrima y duelo
Los hombres no son hombres
Los Partidos reparten fusiles
Palabras, brazos: armas
¡Oh, mi patria desangrada!
¿Conservador o liberal?
El cadáver es recordatorio
De nuestra propia miseria
XXI
Nueva esclavitud:
Elecciones arregladas
Funcionarios nombrados a dedo
Colombia en subdesarrollo
Atenta, esperando
Mientras el mundo avanza
Continúa la pobreza, la injusticia
Palabras, vanas palabras
Estadistas de sonrisa hipócrita
Asnos, jumentos, borricos
Ladrones en el solio de Bolívar
XXII
Todo es fiesta y chanza
Llegan los ochenta, y el país
No sale del Medioevo
Pero, eso sí, “pan y circo” en abundancia
El “turco”, el de las solemnes metidas de pata
Escuda su estupidez en el corbatín, los gruesos lentes, el acento de seminarista
Mueren los niños argentinos mientras Galtieri se emborracha
Se estanca Chile y el demonio sigue gobernando
Uruguay, endeudado hasta la coronilla
Paraguay, una herida siempre abierta
Bolivia y sus contrastes
Brasil apostando a lo que salga
Perú asomándose al colapso
Ecuador, un mar de dudas
Venezuela, corrupción en la bonanza
Llega el hijo de obrero, el de boca de oro
Y ahora llueven, llueven palabras, vanas palabras
El pueblo se ilusiona, ¿y qué?
¿Qué es lo que se obtiene?
Recuerdo al presidente encanecido
Junto al féretro del Ministro de Justicia
Recuerdo los muertos, las bombas
Los tanques irrumpiendo
Las viudas, las palomas pintadas en las calles
Y el ciego optimismo de los gobernantes
Recuerdo a muchos llorando a solas
Por la violencia, por el trabajo, por el alza de los precios
XXIII
Sale el orador, desilusionado
Llega el hombre hermético, el ingeniero
Prosiguen las muertes, los atentados
Aumentan los que no tienen tierra, los oprimidos
Ciudad, selva: todo es inseguro
La guerra empieza a ser eterna
Y veo a los adultos afeitarse las patillas
Cambiarse pantalones, usar ropa de tenista
Mientras Reagan fracasa en su lucha contra las drogas
Pero triunfa sobre Rusia (cortesía del Vaticano...)
El fútbol y las reinas, opio para el pueblo
A uno lo acribillan en el aeropuerto
A otro dentro del avión
Uno cae en circunstancias sospechosas
Otro es derribado en la tarima, a la vista de todos
Colombia, ¿qué pasa?
XXIV
Se retiran la sueca y el estadounidense
Llega el de la promesa, “habrá Futuro”
Ya estoy bien enterado de las cosas:
Sé por qué matan iraquíes, por qué huyen los ex presidentes
Sé cuál es el vicio de Madonna, y el de Maradona
Sé quién mató a Galán, y quién amenaza a mi padre
Sé cómo hace un sicario su trabajo, y cómo una “mula”
Pero no veo Futuro
Es más: sólo veo caos
Muertes evitables
Desfalcos, intimidaciones
Burócratas por doquier, pero escasos Servidores Públicos
XXV
Sube otro presidente, respaldado por la mafia
Sujeto simpático: nunca vi tanta payasada
La patria es tierra de nadie
Narcotráfico y gobierno, o ausencia de gobierno
Las finanzas peor que nunca
El único bueno era Jaime Garzón, que imitaba al presidente
(Pero hay quienes no entienden el humor: murió baleado)
XXVI
Nuevos tiempos, nueva esclavitud
Un hippie al poder: conciertos de rock, concierto para delinquir
Un país sin timonel, un país hacia la ruina
Uno daba gracias a Dios si no tenía un pariente muerto o secuestrado
Bill sonreía y tocaba a Mónica, pero luego viajaba a Palestina a mejorar su imagen
El Papa encorvado y farfullando apretaba las manos viejas, temblorosas de Fidel
Una farsa es farsa, no la llamen “proceso”
XXVII
Luego viene el adusto y sincero presidente, que no tiene pelos en la lengua
Y con orgullo comenta a los cuatro vientos su estrategia:
Ya no hay desaparecidos, hay asesinados
Ya no hay brutalidad policial, hay “seguridad democrática”
Ya no hay privatizaciones, sino reformas
Ya no hay favoritismos, sino “meritocracia” (cosa curiosa: el mérito está en aplaudirlo)
Ya no hay violencia, hay “política de Estado”
Y detrás de la máscara, el monstruo
El fascismo con fachada populista
¡Oh, Colombia! ¡Oh, Colombia regia, valiente, enlutada!
¡Colombia libre, pese a sus esclavitudes!
¡Colombia luchadora, Colombia brava!
Me levanto y sé que puedo morir esta mañana
Que mi hermano puede ser herido, que mi hermana puede ser raptada
Y me digo: "Sí se puede", como repetía Belisario
Y pienso en el trabajo, en el clima
El suave pop me tranquiliza
La jornada promete ser poética
Y sé que puedo triunfar esta mañana
Que mi hermano puede ser premiado, que mi hermana puede ser amada
Y pienso en Colombia,
Colombia libre,
Colombia liberada.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
34
Aquí estoy,
Sobreviviendo
Tanta luz como puñales
Rosas, llagas, cruces
Coronas y disfraces
Cetros de toda índole
Alegría como río turbulento
Pena en el aire, en el mar, en el desierto
Gloria en la noche, al arrullo de la luna
Que mira conmigo y suspira
Ante el bello, frágil panorama:
El Ayer que se esfuma
Duele y reconforta
Hoy, Mañana
Soy cantor, soy canto
Atestiguando
Portal y llamarada
Un arco, mil arcos
Un puente
Del barro a la Eternidad.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
Sobreviviendo
Tanta luz como puñales
Rosas, llagas, cruces
Coronas y disfraces
Cetros de toda índole
Alegría como río turbulento
Pena en el aire, en el mar, en el desierto
Gloria en la noche, al arrullo de la luna
Que mira conmigo y suspira
Ante el bello, frágil panorama:
El Ayer que se esfuma
Duele y reconforta
Hoy, Mañana
Soy cantor, soy canto
Atestiguando
Portal y llamarada
Un arco, mil arcos
Un puente
Del barro a la Eternidad.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
33
PEDACITOS DE CHILE
I
Reunidos. La fogata: restos de una silla pretérita, destinada a grandes cosas, consumida por el abrazo inconfundible de las llamas. La maga, la gran C, experta en psicodrama, prepara su medicina. Hace frío, pese a estar próximo el verano. Los colores, apenas perceptibles en la noche, toman el brillo de los grandes acontecimientos. L, analítica y receptiva, baraja en su mente cuadros, esculturas, fotos: de aquí saldrá uno de sus vitrales. Respiro rápido, lleno de entusiasmo, aunque trato de mantener el rostro solemne de mis camaradas. Las máscaras preparadas por C parecen observarnos. Atónitas, alegres. Sí, parecen observarnos, así como yo las observo, y observo a mis amigos en ellas, enfermo de nostalgia. Esa vez, antes de la despedida, ya me estaban despidiendo. Me daban su ternura, su sabiduría; me legaban la forma de abrazarse a través del viento, de los años, de las dimensiones. Dimensiones que bien conocía S, la bella mapuche, de ojos de estrella y alma pura, diáfana, amante de la oración como las otras. Mis ojos ya no ven, ahora vuelan. Encuentran ancestros, discursos, correcciones: remodelan mi propia vida, resuelven las imperfecciones. C, el matemático, intuye que esta lógica es tan interesante como la de Russell. Avanzan letanías, ilusiones, pálpitos de mi corazón liberado. Las penas ya no duelen, las sombras son tan hermosas como musas. Soy feliz, tan feliz ahora como entonces. Y entiendo que el ritual es otro, más allá de la oración, del canto espectral que trasciende. El ritual es amarlos, saberlos a mi lado aunque estén al otro lado del mundo, recordarlos con cariño y desearles lo mejor, y seguirnos viendo, en torno al fuego, llenos de ilusiones.
II
Es agradable hablar con A, el sabio. Es sólo un niño, pero sabe de la tierra, de la frutilla, de las lluvias venideras, de las tormentas (celestes y humanas). Está haciendo su bachillerato, pero entiende de enfermedades mentales como yo, intuye el carácter de la gente, se da cuenta si le mienten o lo engañan. Sé que A me admira, y yo lo admiro a él. Ha estudiado pensando en la promesa que me hizo: se esfuerza, pues quiere ser el primero de su clase. Ha llegado a casa y, sin perder el tiempo, ha ido con su madre y su tío al huerto. Con él aprendo a ser menos ingrato con la vida, a tolerar mi carga, a bendecir mi oficio. Su ejemplo me anima y llego a acompañarlo en la faena. Trabaja, trabaja hasta que llega la noche, cosechando lo sembrado meses antes, y el sudor que baña su ropa es el mismo de Aquiles, de Héctor, de Ayax. Sí, A es un héroe. Para la cena, entre risas y recuerdos, su familia es mi familia. Comemos el cordero asado en medio de chistes, de bendiciones, de gratitud. A, como sus hermanos, da calor a mi alma aterida, a mi alma llena de nostalgia golpeada por el viento del Sur. Por ellos logro ser feliz pese a la lejanía de mis padres. Duermo. Descanso. Temprano en la mañana, cuando la niebla aún reina, se escucha el lamento de su flauta de pastor. Mi corazón palpita al son de su melodía, la melodía del hombre humilde que agradece a Dios un nuevo día. Ya en la mesa, frente al suculento desayuno, puedo ver su rostro limpio, honesto, su mirada de fuego...así como lo veo ahora, y rezo por él.
III
La playa, dulce playa,
Adiós a los látigos, a los crucifijos
Me divierto en la danza de muchachas semidesnudas, regias, apolíneas. Ya escuché al profesor M, el erudito; ya hice el argumento; atrás quedaron
Sudor, afanes, miedo
Logos y aplauso
Y descanso, feliz de aprender felizmente. Como pocas veces en la vida. Circuitos, neurona, palmeras. Sabiduría científica y mundana. Dopamina en estructura química, dopamina en el feroz arrebato del amor viajero. Cuánto aprendí.
IV
La casa, bella casa vieja. Olor a sopaipilla, pebre, cazuela. La buena mujer en el fogón
Prepara el cordero que me hace navegar en tierra.
El hotel, mejor dicho, la marisquería. Empanada de locos, chupe y salmón a la italiana. Otra buena mujer (a lo mejor la misma: la Madre arquetípica, que siempre estuvo atenta) ríe y prepara el caldillo de congrio que me hace sacar tan buenas notas, según ella.
V
Los tres héroes: O, E y L. Sí, de nuevo el recinto solemne, los amplios corredores como laberintos, las amplias columnas de la Ciencia haciéndome sentir como en casa. De nuevo las neuronas el centro de la fiesta. De nuevo los amigos. Sólo que éstos, más que amigos, me hacían sentir el cuarto mosquetero. O, el publicista, que podía verse bien aunque no hubiera dormido por acompañar a su hijo menor al concierto punk anoche, riendo al compás de E, el tenista, que podía adivinar mis pensamientos, ambos junto a L, el grande, el hombre de las dos naciones. Los tres abrazados y riendo a carcajadas, cupiendo apenitas en la foto. Así los veo y los recuerdo, y es como tenerlos al lado, en la cafetería, hablando de psicosis y política. Así los veo y reconozco, agradezco el cariño y la ayuda, la carne asada junto a la polémica de fútbol, las anécdotas, la sonrisa omnipresente. Aprendimos y nos divertimos: en buen chileno, nos quedamos con “pan y pedazo”. Cuánto los extraño.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
I
Reunidos. La fogata: restos de una silla pretérita, destinada a grandes cosas, consumida por el abrazo inconfundible de las llamas. La maga, la gran C, experta en psicodrama, prepara su medicina. Hace frío, pese a estar próximo el verano. Los colores, apenas perceptibles en la noche, toman el brillo de los grandes acontecimientos. L, analítica y receptiva, baraja en su mente cuadros, esculturas, fotos: de aquí saldrá uno de sus vitrales. Respiro rápido, lleno de entusiasmo, aunque trato de mantener el rostro solemne de mis camaradas. Las máscaras preparadas por C parecen observarnos. Atónitas, alegres. Sí, parecen observarnos, así como yo las observo, y observo a mis amigos en ellas, enfermo de nostalgia. Esa vez, antes de la despedida, ya me estaban despidiendo. Me daban su ternura, su sabiduría; me legaban la forma de abrazarse a través del viento, de los años, de las dimensiones. Dimensiones que bien conocía S, la bella mapuche, de ojos de estrella y alma pura, diáfana, amante de la oración como las otras. Mis ojos ya no ven, ahora vuelan. Encuentran ancestros, discursos, correcciones: remodelan mi propia vida, resuelven las imperfecciones. C, el matemático, intuye que esta lógica es tan interesante como la de Russell. Avanzan letanías, ilusiones, pálpitos de mi corazón liberado. Las penas ya no duelen, las sombras son tan hermosas como musas. Soy feliz, tan feliz ahora como entonces. Y entiendo que el ritual es otro, más allá de la oración, del canto espectral que trasciende. El ritual es amarlos, saberlos a mi lado aunque estén al otro lado del mundo, recordarlos con cariño y desearles lo mejor, y seguirnos viendo, en torno al fuego, llenos de ilusiones.
II
Es agradable hablar con A, el sabio. Es sólo un niño, pero sabe de la tierra, de la frutilla, de las lluvias venideras, de las tormentas (celestes y humanas). Está haciendo su bachillerato, pero entiende de enfermedades mentales como yo, intuye el carácter de la gente, se da cuenta si le mienten o lo engañan. Sé que A me admira, y yo lo admiro a él. Ha estudiado pensando en la promesa que me hizo: se esfuerza, pues quiere ser el primero de su clase. Ha llegado a casa y, sin perder el tiempo, ha ido con su madre y su tío al huerto. Con él aprendo a ser menos ingrato con la vida, a tolerar mi carga, a bendecir mi oficio. Su ejemplo me anima y llego a acompañarlo en la faena. Trabaja, trabaja hasta que llega la noche, cosechando lo sembrado meses antes, y el sudor que baña su ropa es el mismo de Aquiles, de Héctor, de Ayax. Sí, A es un héroe. Para la cena, entre risas y recuerdos, su familia es mi familia. Comemos el cordero asado en medio de chistes, de bendiciones, de gratitud. A, como sus hermanos, da calor a mi alma aterida, a mi alma llena de nostalgia golpeada por el viento del Sur. Por ellos logro ser feliz pese a la lejanía de mis padres. Duermo. Descanso. Temprano en la mañana, cuando la niebla aún reina, se escucha el lamento de su flauta de pastor. Mi corazón palpita al son de su melodía, la melodía del hombre humilde que agradece a Dios un nuevo día. Ya en la mesa, frente al suculento desayuno, puedo ver su rostro limpio, honesto, su mirada de fuego...así como lo veo ahora, y rezo por él.
III
La playa, dulce playa,
Adiós a los látigos, a los crucifijos
Me divierto en la danza de muchachas semidesnudas, regias, apolíneas. Ya escuché al profesor M, el erudito; ya hice el argumento; atrás quedaron
Sudor, afanes, miedo
Logos y aplauso
Y descanso, feliz de aprender felizmente. Como pocas veces en la vida. Circuitos, neurona, palmeras. Sabiduría científica y mundana. Dopamina en estructura química, dopamina en el feroz arrebato del amor viajero. Cuánto aprendí.
IV
La casa, bella casa vieja. Olor a sopaipilla, pebre, cazuela. La buena mujer en el fogón
Prepara el cordero que me hace navegar en tierra.
El hotel, mejor dicho, la marisquería. Empanada de locos, chupe y salmón a la italiana. Otra buena mujer (a lo mejor la misma: la Madre arquetípica, que siempre estuvo atenta) ríe y prepara el caldillo de congrio que me hace sacar tan buenas notas, según ella.
V
Los tres héroes: O, E y L. Sí, de nuevo el recinto solemne, los amplios corredores como laberintos, las amplias columnas de la Ciencia haciéndome sentir como en casa. De nuevo las neuronas el centro de la fiesta. De nuevo los amigos. Sólo que éstos, más que amigos, me hacían sentir el cuarto mosquetero. O, el publicista, que podía verse bien aunque no hubiera dormido por acompañar a su hijo menor al concierto punk anoche, riendo al compás de E, el tenista, que podía adivinar mis pensamientos, ambos junto a L, el grande, el hombre de las dos naciones. Los tres abrazados y riendo a carcajadas, cupiendo apenitas en la foto. Así los veo y los recuerdo, y es como tenerlos al lado, en la cafetería, hablando de psicosis y política. Así los veo y reconozco, agradezco el cariño y la ayuda, la carne asada junto a la polémica de fútbol, las anécdotas, la sonrisa omnipresente. Aprendimos y nos divertimos: en buen chileno, nos quedamos con “pan y pedazo”. Cuánto los extraño.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
32
Caen, ríen, van
Los títeres del mundo, mis amigos
Dando tumbos, rectamente
Moral y placer: mixtura
De la que sólo Uno ha salido sin hacerse ogro
Los demás observan, el felino pasa
La luciérnaga calla
El campo se abre
¿A qué? ¿A la Nada?
El amplio escenario de los sueños
Recibe a mis colegas, los que caen, ríen, van
Perdidos, encontrados, invocados
Dulce, cálida luz hecha fotografía
Los unos, los otros, la pesadilla
El toro duerme una siesta
Pero no cesan las cornadas
Cuerdas, puñales, guitarras
Voces, besos, una mirada
Perdidos, encontrados, invocados
Los títeres del mundo, mis amigos
Dando tumbos, rectamente
Y la ciudad crece
Abrigos, paraguas, edificios
Huelgas, tráfico, locura
La llavia de siempre, como nunca
Las puertas de abren
¿Para qué? ¿Para el odio?
Pastores de libro y cayado
Actores de la trágica Existencia
Aviadores, apostadores
Erráticos, firmes
Caen, ríen, van
Y vamos
Vamos al fondo, a la estructura
Al rarefacto escenario de los sueños
De lo inmoral, lo doloroso
Trumpetas, telones
Aplauso generoso
Perdidos, encontrados, invocados
Los dueños del mundo, mis amigos.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
Los títeres del mundo, mis amigos
Dando tumbos, rectamente
Moral y placer: mixtura
De la que sólo Uno ha salido sin hacerse ogro
Los demás observan, el felino pasa
La luciérnaga calla
El campo se abre
¿A qué? ¿A la Nada?
El amplio escenario de los sueños
Recibe a mis colegas, los que caen, ríen, van
Perdidos, encontrados, invocados
Dulce, cálida luz hecha fotografía
Los unos, los otros, la pesadilla
El toro duerme una siesta
Pero no cesan las cornadas
Cuerdas, puñales, guitarras
Voces, besos, una mirada
Perdidos, encontrados, invocados
Los títeres del mundo, mis amigos
Dando tumbos, rectamente
Y la ciudad crece
Abrigos, paraguas, edificios
Huelgas, tráfico, locura
La llavia de siempre, como nunca
Las puertas de abren
¿Para qué? ¿Para el odio?
Pastores de libro y cayado
Actores de la trágica Existencia
Aviadores, apostadores
Erráticos, firmes
Caen, ríen, van
Y vamos
Vamos al fondo, a la estructura
Al rarefacto escenario de los sueños
De lo inmoral, lo doloroso
Trumpetas, telones
Aplauso generoso
Perdidos, encontrados, invocados
Los dueños del mundo, mis amigos.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
31
Hoy perdono,
Suelto el fardo
Olvido, olvido para siempre
Las cruces, las crucifixiones
Como cosa del pasado, del polvo, del estiércol
Celebrando la dicha del que no tiene carga
Perdono, olvido
Y sólo belleza queda.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
Suelto el fardo
Olvido, olvido para siempre
Las cruces, las crucifixiones
Como cosa del pasado, del polvo, del estiércol
Celebrando la dicha del que no tiene carga
Perdono, olvido
Y sólo belleza queda.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
30
VOX DEI
I
Ella trabaja todo el día. Trabaja, trabaja, trabaja. Pasa el tiempo, y envejece, y sigue siendo la misma campesina, buena mujer. Ella no sabe de muertos, ni de elecciones. Ella sólo reza el padrenuestro, alimenta las gallinas, desayuna apenas, y trabaja. En su cabello entrecano se vislumbra una viudez prematura, una vida parca, un atardecer tras otro arreglando la sala (aunque nadie la visita).
II
Ayer mató a otro. Ya es diestro en el oficio. Certero. Ésa es la palabra. Hace dos años, cuando todavía le temblaba la mano y evitaba la mirada de la víctima, se confesaba con el padre C. Pero después de matarlo entendió que su crimen era inconfesable, al menos dentro de una iglesia. Por eso se confiesa con todas las camareras que encuentra a su paso. Les muestra el revólver y sus ojos casi lloran, sus labios se mueven pesada, quedamente. Ellas entienden y le sirven la cerveza, sintiendo algo de lástima. Algunas entienden distinto, y lo llevan a la cama. Pero él no olvida. Y anda siempre con temor, con la cabeza gacha, dando pasitos rápidos y cortos: porque nadie olvida. Esta noche, ebrio ya y a tientas, buscará los glúteos de su salvadora. Besará una boca suave, como llovizna de mayo. Desnudará una niña trémula, aún virgen, que gozará el momento de otra forma. Se abrirá la puerta de súbito, verá un muchacho enclenque aparecer en la penumbra...verá su cara en la tenue luz del fogonazo. Se arrastrará herido, buscando asir los muslos, el sexo de la jovencita. Y ella sacará el cuchillo del escondite, tomará su cabeza como se agarra la de los corderos, y hará brotar sangre de su cuello. Esta noche el asesino entenderá la venganza de los huérfanos.
III
El panadero es un buen hombre, eso dicen sus vecinos. Claro que llegó a robar cuando era funcionario. También golpeó a su primera esposa. Incluso votó por el senador G., pecado impensable para tan buen cristiano. Pero eso es el pasado. Ahora, cuando ya le duelen las rodillas y una angina lo saluda cada mes, asiste temprano al culto. Es amigo del pastor, y canta, canta con mucho entusiasmo. Grita "¡Aleluya!" con voz de trueno. Lo del diezmo le duele a veces, pero “a Dios lo que es de Dios”. Además, su Dios bondadoso le permite echarle al pan más levadura, reducir el tamaño de la masa, alterar los precios de vez en cuando. El panadero amasa y piensa, amasa y reza, amasa y se pierde entre recuerdos, y llora un poquito, y pide perdón a su manera.
IV
El padre M remplaza al padre C, muerto hace unos meses mientras oficiaba la misa de Pascua. M supo leer a San Pablo y a Gaitán con la misma devoción, por eso los sermones le salen tan elocuentes, tan politizados. Tiene una hermosa voz, y la usa al máximo, hasta que queda ronco y satisfecho por las almas conquistadas, aunque el médico le haga feas advertencias. Lástima que no sea alcalde, piensan algunos feligreses.
V
L no es una santa, y lo asume. Aunque el padre M, su amigo, la reprende a veces, ella no cambia: con camándulas no se quita el hambre. Tampoco es que le guste lo que hace, por eso manda a su hijo a la escuela, esperando que llegue lejos, que pueda trabajar y sacarla, mejor dicho, salvarla de ese pueblo. Llegada la noche, toma una ducha y reza el padrenuestro con su pequeño. El niño duerme, ella busca el vestido apropiado (no tiene mucho qué escoger, pero se toma su tiempo: por algo es la diva), y sale. Un adolescente melancólico y próspero es su fantasía, pero casi siempre resulta algún viejo sucio, algún comerciante si es que tiene suerte. En ocasiones, a medianoche, cuando el médico concluye su lectura, escucha el grito final de alguno de sus clientes. Ella nunca grita. Ella sufre en silencio.
VI
El pueblo. Un largo camino, largo como el pesar y la nostalgia, por el que sólo se puede caminar por un costado: así se evitan las ocasionales balas insurgentes, siempre dispuestas a crear noticias. Por el otro lado, el que queda junto a la Estación de Policía, solamente van los niños: ellos son intocables. Aunque a veces, a veces cae una criatura, con el pecho abierto, en medio del griterío. Suena la ranchera, relincha el caballo.
VII
Tabernas, cafetales. J los conoce “como la palma de su mano”, y se enorgullece de ello. Trabaja como bestia de lunes a sábado, “partiéndose el espinazo”. El domingo es su “desquite”: deja de ser el sumiso y lerdo J: se vuelve el patán, imprudente y lerdo J. Su madre reza para “hacerlo dejar el vicio”, pero como su nuera dice, “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Él sabe que “el que a la tienda va y viene, a dos familias sostiene”, pero no le importa, y lo hace con gusto: si puede “darle una manito al vecino”, mejor. Así que compra empanadas y chorizo, contribuyendo al bienestar de la familia del tendero, y llega a la taberna. Allí, entre amigos y enemigos, “levanta el brazo” como gimnasta, junta botellas como fichas un ajedrecista, y se ríe de los que caen al suelo como malos boxeadores. El café le ha enseñado a ser generoso: por eso a veces pierde uno que otro billete, y se consuela pensando: “no hay mal que por bien no venga”. A veces le da “la pálida” de tanto trago que se empina, otras se pone contento y canta, confirmando que sigue siendo el rey, sabrá Dios de qué reino.
VIII
La niña S, medio zonza de nacimiento según la madre, es la preferida de los policías. De azules ojos y andar de matrona, de senos como volcanes, piensa el cabo, que alguna vez leyó a Neruda y ahora llega a salivar con el cráter, mientras le acaricia la barbilla y piensa en quién sabe qué cosas. Sus subalternos son mucho más pragmáticos: corroboran con sus propios sentidos las prominencias, los declives, las carnosidades de la muchachita. Hubo un juez que denunció el hecho, y lo silenciaron. Por eso la gente del pueblo se hace la desentendida, y apenas tuerce la mirada cuando S, rascándose la entrepierna, sale de la Estación.
IX
Cansado, abatido por los años, el viejo artesano mata el tiempo (y el Tiempo lo mata a él, poco a poco) fabricando canastos. Es bueno en su oficio, y le sonríe a la vida: sonríe con los escasos dientes que le quedan. A veces siente nostalgia, y piensa en la buena mujer que enterró hace un año. Su sobrino, J, el experto en cafetales y tabernas, lo invita a veces a tomar guarapo.
X
El profesor sabe su batalla perdida de antemano. Cada mañana, cuando el clima y el agua de la ducha le empeoran la rinitis, aterido y débil baja a tomar el desayuno, y planea la jornada mientras come. Los estudiantes son ingratos, desprecian su sabiduría y se ríen de su bondad. El profe acepta su trabajo, soñando que acaso no sea en vano. Por eso, mientras espera que el chocolate caliente le de un poquito de fuerza para aguantar otro día, imagina cada frase, cada gesto con que habrá de motivar a sus pupilos.
XI
S, la chismosa, termina la tertulia con aires de victoria. Ha despotricado y calumniado lo suficiente como para darse por satisfecha. Así lo ha hecho siempre, desde que tiene memoria. Su lengua es temida, y con razón: se puede decir que sus palabras cargadas de veneno le han labrado una especie de altar entre el populacho. Aunque el panadero diga que su actuar es diabólico, ella “saca pecho” por su obra. A veces dice que tiene más poder que el alcalde, y puede que tenga razón: ella determina qué pareja está de moda, hace la diferencia entre un “caballero alegre” y un “viejo mujeriego”, sentencia si el diagnóstico del médico es atinado, retrata a cada transeúnte que pasa por su casa, y hasta llega a aventar a quien ha hecho algún comentario político “inapropiado”. Es tanta su influencia, que antes de acribillar a alguien los matones le piden su opinión: todo en aras de mantener el “juego limpio”, dicen, aunque la cosa parece ser parcializada, pues no suelen ser acribillados sus amigos. Bueno, volviendo al cuento, S despide a sus comadres a eso de las ocho de la noche, se toma un vaso de leche con panela y se dispone a empiyamarse: en ese instante, encuentra en el closet a una mujer bajita, un poquito entrada en carnes, que sin chistar le entierra un cuchillo de cocina buscando lacerarle hasta el alma. S cae y aunque quiere, no grita. S reconoce entonces a A, la viuda (sí, ella había aventado a su marido el mes pasado...también había hecho público el embarazo de su hija). S trata de rezar, pero se le traba la lengua. Al final, muere desangrada y con las tetas al aire, como gráficamente contará mañana su amiga íntima, R, heredera de su trono, a la masa de curiosos, siempre ávida de emociones. Lo que no dirá R es que vio salir a A de la casa de S como alma que llevaba el diablo, a eso de las ocho y cuarto. No, ella es mucho más prudente.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
I
Ella trabaja todo el día. Trabaja, trabaja, trabaja. Pasa el tiempo, y envejece, y sigue siendo la misma campesina, buena mujer. Ella no sabe de muertos, ni de elecciones. Ella sólo reza el padrenuestro, alimenta las gallinas, desayuna apenas, y trabaja. En su cabello entrecano se vislumbra una viudez prematura, una vida parca, un atardecer tras otro arreglando la sala (aunque nadie la visita).
II
Ayer mató a otro. Ya es diestro en el oficio. Certero. Ésa es la palabra. Hace dos años, cuando todavía le temblaba la mano y evitaba la mirada de la víctima, se confesaba con el padre C. Pero después de matarlo entendió que su crimen era inconfesable, al menos dentro de una iglesia. Por eso se confiesa con todas las camareras que encuentra a su paso. Les muestra el revólver y sus ojos casi lloran, sus labios se mueven pesada, quedamente. Ellas entienden y le sirven la cerveza, sintiendo algo de lástima. Algunas entienden distinto, y lo llevan a la cama. Pero él no olvida. Y anda siempre con temor, con la cabeza gacha, dando pasitos rápidos y cortos: porque nadie olvida. Esta noche, ebrio ya y a tientas, buscará los glúteos de su salvadora. Besará una boca suave, como llovizna de mayo. Desnudará una niña trémula, aún virgen, que gozará el momento de otra forma. Se abrirá la puerta de súbito, verá un muchacho enclenque aparecer en la penumbra...verá su cara en la tenue luz del fogonazo. Se arrastrará herido, buscando asir los muslos, el sexo de la jovencita. Y ella sacará el cuchillo del escondite, tomará su cabeza como se agarra la de los corderos, y hará brotar sangre de su cuello. Esta noche el asesino entenderá la venganza de los huérfanos.
III
El panadero es un buen hombre, eso dicen sus vecinos. Claro que llegó a robar cuando era funcionario. También golpeó a su primera esposa. Incluso votó por el senador G., pecado impensable para tan buen cristiano. Pero eso es el pasado. Ahora, cuando ya le duelen las rodillas y una angina lo saluda cada mes, asiste temprano al culto. Es amigo del pastor, y canta, canta con mucho entusiasmo. Grita "¡Aleluya!" con voz de trueno. Lo del diezmo le duele a veces, pero “a Dios lo que es de Dios”. Además, su Dios bondadoso le permite echarle al pan más levadura, reducir el tamaño de la masa, alterar los precios de vez en cuando. El panadero amasa y piensa, amasa y reza, amasa y se pierde entre recuerdos, y llora un poquito, y pide perdón a su manera.
IV
El padre M remplaza al padre C, muerto hace unos meses mientras oficiaba la misa de Pascua. M supo leer a San Pablo y a Gaitán con la misma devoción, por eso los sermones le salen tan elocuentes, tan politizados. Tiene una hermosa voz, y la usa al máximo, hasta que queda ronco y satisfecho por las almas conquistadas, aunque el médico le haga feas advertencias. Lástima que no sea alcalde, piensan algunos feligreses.
V
L no es una santa, y lo asume. Aunque el padre M, su amigo, la reprende a veces, ella no cambia: con camándulas no se quita el hambre. Tampoco es que le guste lo que hace, por eso manda a su hijo a la escuela, esperando que llegue lejos, que pueda trabajar y sacarla, mejor dicho, salvarla de ese pueblo. Llegada la noche, toma una ducha y reza el padrenuestro con su pequeño. El niño duerme, ella busca el vestido apropiado (no tiene mucho qué escoger, pero se toma su tiempo: por algo es la diva), y sale. Un adolescente melancólico y próspero es su fantasía, pero casi siempre resulta algún viejo sucio, algún comerciante si es que tiene suerte. En ocasiones, a medianoche, cuando el médico concluye su lectura, escucha el grito final de alguno de sus clientes. Ella nunca grita. Ella sufre en silencio.
VI
El pueblo. Un largo camino, largo como el pesar y la nostalgia, por el que sólo se puede caminar por un costado: así se evitan las ocasionales balas insurgentes, siempre dispuestas a crear noticias. Por el otro lado, el que queda junto a la Estación de Policía, solamente van los niños: ellos son intocables. Aunque a veces, a veces cae una criatura, con el pecho abierto, en medio del griterío. Suena la ranchera, relincha el caballo.
VII
Tabernas, cafetales. J los conoce “como la palma de su mano”, y se enorgullece de ello. Trabaja como bestia de lunes a sábado, “partiéndose el espinazo”. El domingo es su “desquite”: deja de ser el sumiso y lerdo J: se vuelve el patán, imprudente y lerdo J. Su madre reza para “hacerlo dejar el vicio”, pero como su nuera dice, “no por mucho madrugar amanece más temprano”. Él sabe que “el que a la tienda va y viene, a dos familias sostiene”, pero no le importa, y lo hace con gusto: si puede “darle una manito al vecino”, mejor. Así que compra empanadas y chorizo, contribuyendo al bienestar de la familia del tendero, y llega a la taberna. Allí, entre amigos y enemigos, “levanta el brazo” como gimnasta, junta botellas como fichas un ajedrecista, y se ríe de los que caen al suelo como malos boxeadores. El café le ha enseñado a ser generoso: por eso a veces pierde uno que otro billete, y se consuela pensando: “no hay mal que por bien no venga”. A veces le da “la pálida” de tanto trago que se empina, otras se pone contento y canta, confirmando que sigue siendo el rey, sabrá Dios de qué reino.
VIII
La niña S, medio zonza de nacimiento según la madre, es la preferida de los policías. De azules ojos y andar de matrona, de senos como volcanes, piensa el cabo, que alguna vez leyó a Neruda y ahora llega a salivar con el cráter, mientras le acaricia la barbilla y piensa en quién sabe qué cosas. Sus subalternos son mucho más pragmáticos: corroboran con sus propios sentidos las prominencias, los declives, las carnosidades de la muchachita. Hubo un juez que denunció el hecho, y lo silenciaron. Por eso la gente del pueblo se hace la desentendida, y apenas tuerce la mirada cuando S, rascándose la entrepierna, sale de la Estación.
IX
Cansado, abatido por los años, el viejo artesano mata el tiempo (y el Tiempo lo mata a él, poco a poco) fabricando canastos. Es bueno en su oficio, y le sonríe a la vida: sonríe con los escasos dientes que le quedan. A veces siente nostalgia, y piensa en la buena mujer que enterró hace un año. Su sobrino, J, el experto en cafetales y tabernas, lo invita a veces a tomar guarapo.
X
El profesor sabe su batalla perdida de antemano. Cada mañana, cuando el clima y el agua de la ducha le empeoran la rinitis, aterido y débil baja a tomar el desayuno, y planea la jornada mientras come. Los estudiantes son ingratos, desprecian su sabiduría y se ríen de su bondad. El profe acepta su trabajo, soñando que acaso no sea en vano. Por eso, mientras espera que el chocolate caliente le de un poquito de fuerza para aguantar otro día, imagina cada frase, cada gesto con que habrá de motivar a sus pupilos.
XI
S, la chismosa, termina la tertulia con aires de victoria. Ha despotricado y calumniado lo suficiente como para darse por satisfecha. Así lo ha hecho siempre, desde que tiene memoria. Su lengua es temida, y con razón: se puede decir que sus palabras cargadas de veneno le han labrado una especie de altar entre el populacho. Aunque el panadero diga que su actuar es diabólico, ella “saca pecho” por su obra. A veces dice que tiene más poder que el alcalde, y puede que tenga razón: ella determina qué pareja está de moda, hace la diferencia entre un “caballero alegre” y un “viejo mujeriego”, sentencia si el diagnóstico del médico es atinado, retrata a cada transeúnte que pasa por su casa, y hasta llega a aventar a quien ha hecho algún comentario político “inapropiado”. Es tanta su influencia, que antes de acribillar a alguien los matones le piden su opinión: todo en aras de mantener el “juego limpio”, dicen, aunque la cosa parece ser parcializada, pues no suelen ser acribillados sus amigos. Bueno, volviendo al cuento, S despide a sus comadres a eso de las ocho de la noche, se toma un vaso de leche con panela y se dispone a empiyamarse: en ese instante, encuentra en el closet a una mujer bajita, un poquito entrada en carnes, que sin chistar le entierra un cuchillo de cocina buscando lacerarle hasta el alma. S cae y aunque quiere, no grita. S reconoce entonces a A, la viuda (sí, ella había aventado a su marido el mes pasado...también había hecho público el embarazo de su hija). S trata de rezar, pero se le traba la lengua. Al final, muere desangrada y con las tetas al aire, como gráficamente contará mañana su amiga íntima, R, heredera de su trono, a la masa de curiosos, siempre ávida de emociones. Lo que no dirá R es que vio salir a A de la casa de S como alma que llevaba el diablo, a eso de las ocho y cuarto. No, ella es mucho más prudente.
David Alberto Campos V, Liberación de la Palabra, 2008
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